Podemos rima con Sí se puede

¿Os acordáis de cuándo luchábamos por ganar nuevos derechos y no solo por no perder los que ya teníamos? Ya, yo casi que tampoco… Llevamos mucho tiempo repitiéndonos que estamos faltos de victorias. Esto solo es una verdad a medias. De lo que estamos faltos es de salir a ganar. El grueso de las luchas de los últimos años se han dado en clave de resistencia. No a la privatización de los servicios públicos. No a la reforma de la ley del aborto, de las administraciones locales, de esto o de lo otro. No a la corrupción, no a la represión… No a todo. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

Cuando sales a empatar, lo más habitual es terminar perdiendo. Y, encima, al final te acabas cansando y dejas de jugar. No voy a caer en la ilusión liberal del “si quieres, puedes” ni a negar las dificultades estructurales de los tiempos modernos que nos ha tocado vivir, pero el victimismo endémico de una parte de la izquierda está en gran medida detrás de su declive y, por extensión, de la derrota que todas sufrimos. Frente al cuento chino de “la crisis es culpa nuestra porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, muchos han apostado por el relato de “la culpa es del sistema y nosotros simples víctimas”. Que si quieres arroz… No somos culpables, pero tampoco víctimas. Quien quiera agentes pasivos en lugar de actores empoderados, que juegue a los Sims.

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#LeyAnti15M Nos criminalizan, luego cabalgamos

Hoy se han filtrado los primeros y escabrosos detalles de la futura Ley de Seguridad Ciudadana. Las barbaridades allí recogidas ya han sido objeto de numerosos análisis detallados en otros sitios más serios que este blog. Hay sin embargo un sentimiento colectivo que ha empezado a coger fuerza al poco de conocerse la noticia y que convendría comentar: si nos criminalizan es porque les importa lo que hacemos. Puede que este no sea el ansiado miedo cambiando de bando, pero sí un atisbo de preocupación, una brecha en la fortaleza de indiferencia que ha caracterizado a este Gobierno desde hace ya dos años (dos años ya… ¿Qué fue de aquel “Mariano el Breve“?).

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La verdad no nos hará libres

“Ay, si la gente supiera todo lo que nos ocultan…”. Cierto, la mayoría no tenemos ni idea de los secretos de Estado y chanchullos empresariales que manejan los de arriba; nos perdemos con la teoría del valor de Marx y los detalles de la financiarización de la economía nos suenan a turco-polaco antiguo.

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

A nadie se le escapa, a estas alturas, que a las y los de abajo nos falta información que, en muchos casos, se nos oculta más que intencionadamente. Pero no es ese nuestro problema. Al menos no el principal aquí y ahora. Siempre habrá cosas que no sabremos, pero aquello que sí sabemos es más que suficiente para estar hasta el moño, para que nos queme el pecho por la indignación.

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La ceguera de los pasivistas políticos

Hacer política es relacionarse con el poder (poder como ente constituido o poder como potencia constituyente). Pasar del poder o de la política, como si no existiesen, también es mantener una relación con él; es hacer política. La desafección ante los asuntos políticos es una actitud política. La pasividad y el pasotismo son política. La política profesional o el activismo político no agotan las formas de participar y hacer política. Igual que existe una política no profesional, en minúsculas, existe el pasivismo político. Las y los pasivistas políticos creen que no están organizados. De hecho, alardean de su desorganización, de la carencia de banderas, de la renuncia a las soluciones colectivas, a los relatos de emancipación con vocación universal.

La Transición significó que los de siempre podían seguir "transitando" tan pichis

La Transición significó que los de siempre podían seguir “transitando” tan pichis

Pero hoy la ausencia de banderas es la más agitada de las banderas, al igual que la supuesta renuncia a una ideología concreta es la más extendida y consolidada de las ideologías. Y que conste que esto no va necesariamente de levantar banderas físicas, con su mástil y su tela, ni mucho menos de hacer lecturas escolásticas de ciertas ideas viejunas y recalcitrantes. Los monolitos valen como elementos contemplativos y añejos, punto. Pero de poco nos servirá el futuro si no buscamos trascenderlo desde abajo y en plural.

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Combatir el fatalismo / Gestionar la esquizofrenia

Juan Manuel Sánchez Gordillo en Pegalajar, Jaén, entre bocadillos de lomo con pimientos y cervezas Alcázar, durante las marchas obreras de 2012 (Fotaco de Santi Donaire http://www.flickr.com/photos/santidonaire)

1. La crítica es el principio. Todo empieza con un grito. Hay una política hecha con la cabeza y otra hecha con el corazón. La indignación es previa: es política hecha con el estómago, desde las entrañas. Desde el ardor que nos provoca un mundo que no nos corresponde, que no tragamos, con el que no tragamos. Una indigestión que nos quema por dentro y nos sube por el pecho hasta salir por la boca en forma de grito para, una vez liberados, con el estómago vacío y el apetito bien lleno, comernos el mundo y la vida a dentelladas.

Pero la crítica es eso: el principio. En exceso, o sin combinar, no lleva a nada, se queda en poco. Y en estos tiempos ya andamos sobrados de demasiados “pocos”. Los mensajes catastrofistas pueden terminar provocando desafección, desesperanza, ansiedad ante la inmensidad de los problemas, ante la imposibilidad de afrontarlos. La crítica sin más desactiva. “Todo es demasiado complejo y complicado. No somos nada. No podemos hacer nada”. Abrumados por tanto mensaje negativo, terminamos volviendo a casa a refugiarnos, como el que desde el principio no quiso salir a escuchar esos mismos mensajes. Estéril resultado. Poco, tirando a nada.

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#14N Reforma o revolución… y el sexo de los ángeles

Suenan tambores de huelga. Y por fin parece que el ritmo se acompasa y desborda fronteras. Parte de quienes ayer gritaban (con razón) “¿qué hacen los sindicatos que no convocan una huelga general con la que está cayendo?”, hoy se desgañitan diciendo “yo con los sindicatos vendidos no hago huelga”. Me mareo pensando cuántos dedos de la mano daría por ver semejante nivel de autocrítica, dispersión y desunión entre las empresas del IBEX-35 a raíz de una propuesta de la patronal. A mí no me convocan CC.OO. y UGT, sino Rajoy y Rubalcaba, Botín y Rosell, Rato y Merkel, la Troika y sus políticas de austeridad, el Capitalismo y su guerra social contra el 99%.

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“Si lo aciertas te lo quedas” es el lema más repetido en la #AcampadaTrilera

Y con el olor a huelga vuelven también los eternos debates sobre su pertinencia. No me refiero, claro, a las patrañas sobre si resulta irresponsable o sobre si sirve para algo hacer huelga; ni a los mucho más interesantes y necesarios intentos de desbordar su (¿tradicional?) carácter meramente laboral, buscando formatos más amplios o complementarios (huelga ciudadana, social, de consumo, de cuidados) que contemplen fenómenos tan actuales y centrales en nuestras economías como la terciarización productiva, la deslocalización industrial, las elevadas tasas de precarización y paro, o la siempre olvidada dimensión reproductiva del trabajo que no toma la forma de empleo.

Hablo sin embargo del dichoso debate que suele instalarse sistemáticamente en el seno de buena parte de la izquierda las semanas previas a cada convocatoria de huelga general, y que puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿es la huelga una acción revolucionaria o reformista? La supuesta importancia de la pregunta reside en que para ciertas personas su participación en una huelga depende de la respuesta que encuentren a este interrogante. Pues bien, esta disyuntiva es en realidad una pregunta falsa, pero que bien merece un par de reflexiones que van más allá del formato concreto de la huelga general.

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¿Pero dónde está el enemigo? La impotente ausencia de vectores frente al capitalismo difuso

Tenemos cada vez más identificados a los responsables de la crisis y de los ataques que sufrimos. Lo llamamos banqueros, capitalismo, sistema financiero, régimen, 1%, los de arriba o simplemente “el sistema”. Es un paso importante, a pesar de que siguen siendo definiciones muy genéricas y no tan extendidas ni consensuadas como nos gustaría. Así pues y en cualquier caso, el (grueso del) problema no reside tanto en esta identificación, sino en su localización: ¿dónde está el capitalismo? ¿Quién es exactamente el 1%? ¿En qué personas e instituciones se concentra y concreta el “sistema”? ¿Qué cara tiene el régimen?

La Comisión de Extensión de la Asamblea Popular de Villabajo ejerciendo de vanguardia del movimiento

No se trata de un problema teórico ni de un ejercicio conceptual que nos atormente intelectualmente, sino de un déficit táctico: ¿en qué acciones concretas traducimos nuestra estrategia anticapitalista, nuestra voluntad de transformar de raíz este sistema, de sustituirlo por otro? ¿Quiénes deberían ser nuestras dianas, el objetivo de nuestra actividad crítica y antagonista? Si seguimos respondiendo “el sistema”, nos quedaremos en un estadio estéril desde el punto de la acción colectiva: nunca concretaremos el objetivo.

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