Susana Díaz, esa populista

Arrancó Teresa Rodríguez su ya mítica intervención en el mitin del Velódromo de Dos Hermanas diciendo que, en cierta manera, PODEMOS ya podía atribuirse cierta victoria moral si repasábamos cómo había cambiado el panorama político o, al menos, las formas de los grandes partidos durante la campaña andaluza. PP y PSOE se han remangado la camisa, bajado al ruedo, hecho como que les importaba la gente y que esta podía participar en la elaboración de sus programas y candidaturas (“¡Ay amigo! Llegas tarde”). A lo largo de la campaña se han sucedido las promesas de acabar con los aforados en las listas electorales, la lucha contra el paro o la creación de no sé cuántas oficinas para combatir la corrupción que ambos llevan en la sangre, lo cual viene a ser lo mismo que prometer donar todos los órganos en vida y seguir como si nada.

Pero más concretamente, resulta paradójico que Susana Díaz, una de las voceras más virulentas contra el supuesto populismo ascendente, se haya erigido en campaña como la alumna aventajada de Laclau. Frente a los ejes abajo-arriba de PODEMOS y el complementario viejo-nuevo que estos le disputaban a Ciudadanos, el PSOE-A ha construido su campaña sobre el eje dentro-fuera, que comparte con los dos anteriores la (supuesta y buscada) superación transideológica del clásico eje izquierda-derecha.

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PODEMOS y el libro-juego del poder popular

Septiembre de 2015. En las pasadas elecciones municipales y autonómicas, Podemos cumplió las previsiones y se colocó entre las primeras fuerzas políticas a escala estatal, accediendo al gobierno de numerosos ayuntamientos (bajo otras marcas), algunos de ellos de tamaño relevante, y de varias Comunidades Autónomas. A partir de aquí, querido lector, tú decides qué camino puede seguir esta historia, adoptando el papel de líder de esta nueva formación política. Para ello, deberás escoger uno de los tres escenarios siguientes, cada uno de los cuales te llevará a un desarrollo y desenlace diferentes.

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Este régimen es un poema

Primero vinieron a por una vivienda digna,

pero no hice nada porque yo tengo varias casas y bien grandes.

Luego vinieron a por una ley electoral más justa,

pero no moví un dedo porque la que hay me beneficia.

Después vinieron pidiendo controlar las injerencias de las finanzas,

pero como a mí son los banqueros quienes me gobiernan, tampoco hice nada.

Al cabo de un tiempo vinieron a exigir un trabajo decente,

pero yo, como si oyese llover, que para algo tengo varios sueldos muy jugosos.

Más tarde vinieron a reivindicar servicios públicos de calidad,

pero les ignoré porque yo tengo seguro de salud y mis hijos van a la escuela privada.

Incluso vinieron pidiendo soberanía sobre sus cuerpos,

pero ni me inmuté porque para algo está la Iglesia y las clínicas en Londres.

Ahora vienen a por todo,

pero ya no queda nadie a quien engañar con migajas y falsas promesas.

Desconozco la autoría de este fotón. Si alguien la sabe, que hable ahora o calle con la Ley Mordaza

Desconozco la autoría de este fotón. Si alguien la sabe, que hable ahora o calle con la Ley Mordaza

Podemos rima con Sí se puede

¿Os acordáis de cuándo luchábamos por ganar nuevos derechos y no solo por no perder los que ya teníamos? Ya, yo casi que tampoco… Llevamos mucho tiempo repitiéndonos que estamos faltos de victorias. Esto solo es una verdad a medias. De lo que estamos faltos es de salir a ganar. El grueso de las luchas de los últimos años se han dado en clave de resistencia. No a la privatización de los servicios públicos. No a la reforma de la ley del aborto, de las administraciones locales, de esto o de lo otro. No a la corrupción, no a la represión… No a todo. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

Cuando sales a empatar, lo más habitual es terminar perdiendo. Y, encima, al final te acabas cansando y dejas de jugar. No voy a caer en la ilusión liberal del “si quieres, puedes” ni a negar las dificultades estructurales de los tiempos modernos que nos ha tocado vivir, pero el victimismo endémico de una parte de la izquierda está en gran medida detrás de su declive y, por extensión, de la derrota que todas sufrimos. Frente al cuento chino de “la crisis es culpa nuestra porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, muchos han apostado por el relato de “la culpa es del sistema y nosotros simples víctimas”. Que si quieres arroz… No somos culpables, pero tampoco víctimas. Quien quiera agentes pasivos en lugar de actores empoderados, que juegue a los Sims.

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Hay un hombre (político) en España que lo hace todo (mal)

Hace años que se ha hecho vox pópuli y trending topic permanente echarle la culpa de todo a los políticos. En manifestaciones, de cañas con los amigos o a través de las redes sociales se repite como un mantra aquello de “sobran políticos”, “todos son iguales” o “la culpa de la crisis es de los políticos”. Las encuestas (por favor, si me queréis, leerse la letra pequeña de los barómetros del CIS, que molan mucho más que las pamplinas sobre estimación de voto que llenan los periódicos) muestran una desafección creciente hacia la clase política y las instituciones de representación parlamentaria, en lo más alto del podio de “los principales problemas para los españoles”.

Todas hemos recibido algún correo, tuit o guasap en el que se nos revela que en España hay la friolera de 450.000 políticos que ganan, entre sueldo base y variables, unos 8.000 euracos al mes, sin incluir coches oficiales, viajes en primera y demás lujos terrenales. Y que, tanto en efectivos como en remuneración, estamos muy por encima de cualquier país de nuestro entorno. Así que, parece obvio, la solución a todos nuestros males es culpar a los políticos, reducir su número y acabar con sus privilegios.

Pues bien, más allá de que estas cifras sean más falsas que una moneda de euro con la cara de Popeye (como sistemáticamente se ha demostrado y algunos análisis recientes nos recuerdan, por ejemplo aquíaquí o aquí), esta arraigada creencia popular tiene, a mi juicio, tres peligrosas implicaciones:

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La ilusión va a cambiar de bando

Cerca de la casa donde pasé mi adolescencia en Jaén hay una pintada de un colectivo anarquista que dice “El miedo es lo que da alas al hombre libre”. Más allá del machirulismo verbal explícito, cada día que pasaba por delante de aquella cita me dejaba un creciente regusto amargo que con el tiempo fui traduciendo en palabras.

Porque no y no, el miedo no genera libertad alguna, sino todo lo contrario: es la semilla de la que brotan las formas más básicas de autoritarismo. Es el miedo a los demás lo que nos empuja a intercambiar libertad por seguridad en el mercado de abastos del contrato social. A mí pocas cosas me dan más miedo que el miedo que nos tenemos los unos a los otros. He ahí uno de los mecanismos motores de la sociofobia creciente, del sálvese quien pueda, de la ley de la selva que deshilacha tejido social, que disuelve comunidad, que privatiza nuestras vidas, que convierte lo común en individual y los organismos vivos en meros átomos.

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La verdad no nos hará libres

“Ay, si la gente supiera todo lo que nos ocultan…”. Cierto, la mayoría no tenemos ni idea de los secretos de Estado y chanchullos empresariales que manejan los de arriba; nos perdemos con la teoría del valor de Marx y los detalles de la financiarización de la economía nos suenan a turco-polaco antiguo.

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

A nadie se le escapa, a estas alturas, que a las y los de abajo nos falta información que, en muchos casos, se nos oculta más que intencionadamente. Pero no es ese nuestro problema. Al menos no el principal aquí y ahora. Siempre habrá cosas que no sabremos, pero aquello que sí sabemos es más que suficiente para estar hasta el moño, para que nos queme el pecho por la indignación.

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El barómetro del CIS. Edición gandules

Hace unos días se publicó el avance de resultados del Barómetro del CIS de octubre. Como suele ser habitual, casi toda la (escasa) atención mediática que despertó se centró en las variaciones en la estimación de voto (sobre la cocina electoral del CIS ya escribí hace unos meses, y muchos otros lo han hecho antes, después y mejor que yo). Seguro que cuarto y mitad de otros blogs y similares se han encargado de hacer análisis más sesudos y extensos de esta encuesta. Yo me limito aquí a seleccionar algunos datos curiosos que han pasado algo más desapercibidos y que, como si no os conociese gandulines, le ahorrará a más de uno y una tener que leerse las treintaytantas páginas de notas metodológicas y numericos del demonio. Nota: hagan el favor de incluir tras cada porcentaje o fracción el sufijo “de la población española”.

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AVT: Asociación de Veteacuba por Terrorista

Que dice Mariano que la derogación de la Doctrina Parot la aplicaremos ya si eso, que para algo somos un país soberano y tal. Solo hay que ver la resistencia que oponen a las medidas de la Troika y demás injerencias externas.

Y si al Gobierno le temblase el pulso a última hora, ahí tenemos, fusil cargado, a Ussía y el resto de la caverna dispuestos a echarse a la calle para defender la verdadera España. La de los casi 100.000 muertos en las cunetas no, la otra. O eso me ha parecido entender. Y es que el Tribunal de Estrasburgo bien podría decir algo también sobre esto. O sobre los CIEs, las redadas racistas, los derechos económicos, sociales o sexuales (tan Derechos como Humanos) que se violan a diario a golpe de reforma…

Esta semana le ha tocado a este dichoso Tribunal judeo-masónico-marxista-batasuno y de la PAH el papel que antes jugó Gibraltar, Catalunya o el maquinista del AVE de Santiago. Cualquier culpable es bueno mientras no sea uno mismo. El papel de malo y de cortina de humo de reparto están que los regalan, oiga. Y es que son capaces hasta de darle los Juegos Olímpicos a esta gentuza. Como si lo estuviese viendo ya: #Estrasburgo2020. A relaxing cup of café con leche in Tribunal of Human Rights.

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¡CIS en toda la boca!

Vale, lo sabemos: las encuestas no son una ciencia exacta, ni siquiera las más oficiales y rigurosas. Sin embargo, a menudo indican tendencias, nos dan pistas, muchas de ellas agazapadas tras los principales titulares. El barómetro de abril recientemente publicado por el CIS ha sido foco de interés (mediático) básicamente por dos cuestiones: el suspenso ciudadano a la Monarquía y los cambios en la estimación de voto a las principales fuerzas políticas (para frikies interesados en la alta cocina estadística, dejo al final del post una anotación sobre esto último). Hay sin embargo otros aspectos que han pasado bastante más desapercibidos.

Todavía nos queda la segunda parte. ¡Hay partido!

Todavía nos queda la segunda parte. ¡Hay partido!

El barómetro del CIS nos dice también que las cuatro instituciones en las que la ciudadanía tiene menos confianza son:

–         los partidos políticos (obtienen una nota de 1,83 sobre 10)

–         el Gobierno (2,42)

–         los sindicatos (2,45)

–         y el Parlamento (2,53)

Mientras que en el extremo opuesto, las instituciones mejor valoradas y, de hecho, las únicas que aprueban, son:

–         las Fuerzas Armadas (el Ejército de toda la vida, con un 5,21 de nota)

–         la Policía (5,65)

–         y la Guardia Civil (5,71)

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