El meta-campismo y las lentejas

El regreso de la lógica campista entre buena parte de las gentes de izquierda parece ya un fenómeno consolidado, un trending topic en toda regla. Los conflictos sociales y armados, cuando no guerras civiles (o guerras a secas, directamente), de los últimos años en Libia, Siria o Ucrania han traído de vuelta esta lógica binomial con sus campos heredados de la política de bloques tan propia de la Guerra Fría. Pero, si ya resultaba pernicioso y torcedero reducir la realidad a un interesado binomio de buenos-buenísimos contra malos-malísimos, a un tablero donde solo hay fichas blancas y negras, categorías cerradas y excluyentes que agotan cualquier tercera, cuarta o vigésimo-novena vía, lo es más aún si analizamos la segunda y tercera derivada de este esquema.

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Este régimen es un poema

Primero vinieron a por una vivienda digna,

pero no hice nada porque yo tengo varias casas y bien grandes.

Luego vinieron a por una ley electoral más justa,

pero no moví un dedo porque la que hay me beneficia.

Después vinieron pidiendo controlar las injerencias de las finanzas,

pero como a mí son los banqueros quienes me gobiernan, tampoco hice nada.

Al cabo de un tiempo vinieron a exigir un trabajo decente,

pero yo, como si oyese llover, que para algo tengo varios sueldos muy jugosos.

Más tarde vinieron a reivindicar servicios públicos de calidad,

pero les ignoré porque yo tengo seguro de salud y mis hijos van a la escuela privada.

Incluso vinieron pidiendo soberanía sobre sus cuerpos,

pero ni me inmuté porque para algo está la Iglesia y las clínicas en Londres.

Ahora vienen a por todo,

pero ya no queda nadie a quien engañar con migajas y falsas promesas.

Desconozco la autoría de este fotón. Si alguien la sabe, que hable ahora o calle con la Ley Mordaza

Desconozco la autoría de este fotón. Si alguien la sabe, que hable ahora o calle con la Ley Mordaza

Hay un hombre (político) en España que lo hace todo (mal)

Hace años que se ha hecho vox pópuli y trending topic permanente echarle la culpa de todo a los políticos. En manifestaciones, de cañas con los amigos o a través de las redes sociales se repite como un mantra aquello de “sobran políticos”, “todos son iguales” o “la culpa de la crisis es de los políticos”. Las encuestas (por favor, si me queréis, leerse la letra pequeña de los barómetros del CIS, que molan mucho más que las pamplinas sobre estimación de voto que llenan los periódicos) muestran una desafección creciente hacia la clase política y las instituciones de representación parlamentaria, en lo más alto del podio de “los principales problemas para los españoles”.

Todas hemos recibido algún correo, tuit o guasap en el que se nos revela que en España hay la friolera de 450.000 políticos que ganan, entre sueldo base y variables, unos 8.000 euracos al mes, sin incluir coches oficiales, viajes en primera y demás lujos terrenales. Y que, tanto en efectivos como en remuneración, estamos muy por encima de cualquier país de nuestro entorno. Así que, parece obvio, la solución a todos nuestros males es culpar a los políticos, reducir su número y acabar con sus privilegios.

Pues bien, más allá de que estas cifras sean más falsas que una moneda de euro con la cara de Popeye (como sistemáticamente se ha demostrado y algunos análisis recientes nos recuerdan, por ejemplo aquíaquí o aquí), esta arraigada creencia popular tiene, a mi juicio, tres peligrosas implicaciones:

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La ilusión va a cambiar de bando

Cerca de la casa donde pasé mi adolescencia en Jaén hay una pintada de un colectivo anarquista que dice “El miedo es lo que da alas al hombre libre”. Más allá del machirulismo verbal explícito, cada día que pasaba por delante de aquella cita me dejaba un creciente regusto amargo que con el tiempo fui traduciendo en palabras.

Porque no y no, el miedo no genera libertad alguna, sino todo lo contrario: es la semilla de la que brotan las formas más básicas de autoritarismo. Es el miedo a los demás lo que nos empuja a intercambiar libertad por seguridad en el mercado de abastos del contrato social. A mí pocas cosas me dan más miedo que el miedo que nos tenemos los unos a los otros. He ahí uno de los mecanismos motores de la sociofobia creciente, del sálvese quien pueda, de la ley de la selva que deshilacha tejido social, que disuelve comunidad, que privatiza nuestras vidas, que convierte lo común en individual y los organismos vivos en meros átomos.

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Brotes verdes-olivo, casi negros

Aún con resaca del cotillón, arrancamos el nuevo año con unos datos de afiliación a la Seguridad Social que anunciaban “el mejor diciembre desde 2001”. Han pasado unos días y ya han sido muchas las voces críticas que han denunciado la estacionalidad y precariedad de una contratación de temporada. Las ventas navideñas y la campaña de recogida de la aceituna explicaban un dato tan positivo como efímero. Costaría si no explicar cómo es posible que Jaén, la provincia con la tasa de paro y temporalidad más alta de España, y los salarios y renta per cápita más bajas, concentrase el 57% de las nuevas altas laborales de todo el país. Los últimos serán los primeros, quisieron pensar algunos ingenuos.

Pero resulta tanto o más sorprendente que sigamos enfrascados en peleas de cifras desde un enfoque tan sumamente cuantitativo y cortoplacista. Y no me refiero a que, por ejemplo, 2013 se haya cerrado con menos afiliados que 2012 a pesar de este “diciembre histórico”. Hay que mirar un poco más allá y, sobre todo, por debajo y por detrás. No tardaremos mucho en ver caer las cifras de paro. No hasta el pleno empleo, evidentemente, pero sí muy por debajo de los niveles actuales. Entonces, ¿qué argumentos utilizarán quienes hoy se agarran a las malas cifras para criticar la pésima gestión económica del Gobierno actual? Los datos terminarán dando la razón a quienes quieren ver brotes verdes hasta en el desierto.

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¡CIS en toda la boca!

Vale, lo sabemos: las encuestas no son una ciencia exacta, ni siquiera las más oficiales y rigurosas. Sin embargo, a menudo indican tendencias, nos dan pistas, muchas de ellas agazapadas tras los principales titulares. El barómetro de abril recientemente publicado por el CIS ha sido foco de interés (mediático) básicamente por dos cuestiones: el suspenso ciudadano a la Monarquía y los cambios en la estimación de voto a las principales fuerzas políticas (para frikies interesados en la alta cocina estadística, dejo al final del post una anotación sobre esto último). Hay sin embargo otros aspectos que han pasado bastante más desapercibidos.

Todavía nos queda la segunda parte. ¡Hay partido!

Todavía nos queda la segunda parte. ¡Hay partido!

El barómetro del CIS nos dice también que las cuatro instituciones en las que la ciudadanía tiene menos confianza son:

–         los partidos políticos (obtienen una nota de 1,83 sobre 10)

–         el Gobierno (2,42)

–         los sindicatos (2,45)

–         y el Parlamento (2,53)

Mientras que en el extremo opuesto, las instituciones mejor valoradas y, de hecho, las únicas que aprueban, son:

–         las Fuerzas Armadas (el Ejército de toda la vida, con un 5,21 de nota)

–         la Policía (5,65)

–         y la Guardia Civil (5,71)

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La deuda como arma de desmovilización masiva

La madre del cordero (te) quiere (con) todo el alma

En los últimos tiempos la temática de la deuda ha cobrado una centralidad e importancia inimaginables hace apenas un par de años. Es fruto de discusiones políticas, coberturas mediáticas y conversaciones en la cola de la frutería o en la barra del bar. Y aunque mayoritariamente todavía se sigue abordando la cuestión desde el corsé hegemónico del 1% y su consenso cerrado que obvia las preguntas fundamentales (¿Quién debe a quién en realidad? ¿De dónde viene la deuda? ¿Quiénes están pagándola? ¿Qué implica su pago?), es cierto que comienza a abrirse una brecha por la que se está colando un relato antagonista y crítico articulado por cada vez más voces disonantes que cuestionan las mentiras que sostienen esta estafa a la que todavía algunos llaman “crisis” a secas.

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¿Pero dónde está el enemigo? La impotente ausencia de vectores frente al capitalismo difuso

Tenemos cada vez más identificados a los responsables de la crisis y de los ataques que sufrimos. Lo llamamos banqueros, capitalismo, sistema financiero, régimen, 1%, los de arriba o simplemente “el sistema”. Es un paso importante, a pesar de que siguen siendo definiciones muy genéricas y no tan extendidas ni consensuadas como nos gustaría. Así pues y en cualquier caso, el (grueso del) problema no reside tanto en esta identificación, sino en su localización: ¿dónde está el capitalismo? ¿Quién es exactamente el 1%? ¿En qué personas e instituciones se concentra y concreta el “sistema”? ¿Qué cara tiene el régimen?

La Comisión de Extensión de la Asamblea Popular de Villabajo ejerciendo de vanguardia del movimiento

No se trata de un problema teórico ni de un ejercicio conceptual que nos atormente intelectualmente, sino de un déficit táctico: ¿en qué acciones concretas traducimos nuestra estrategia anticapitalista, nuestra voluntad de transformar de raíz este sistema, de sustituirlo por otro? ¿Quiénes deberían ser nuestras dianas, el objetivo de nuestra actividad crítica y antagonista? Si seguimos respondiendo “el sistema”, nos quedaremos en un estadio estéril desde el punto de la acción colectiva: nunca concretaremos el objetivo.

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