PODEMOS y el libro-juego del poder popular

Septiembre de 2015. En las pasadas elecciones municipales y autonómicas, Podemos cumplió las previsiones y se colocó entre las primeras fuerzas políticas a escala estatal, accediendo al gobierno de numerosos ayuntamientos (bajo otras marcas), algunos de ellos de tamaño relevante, y de varias Comunidades Autónomas. A partir de aquí, querido lector, tú decides qué camino puede seguir esta historia, adoptando el papel de líder de esta nueva formación política. Para ello, deberás escoger uno de los tres escenarios siguientes, cada uno de los cuales te llevará a un desarrollo y desenlace diferentes.

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El meta-campismo y las lentejas

El regreso de la lógica campista entre buena parte de las gentes de izquierda parece ya un fenómeno consolidado, un trending topic en toda regla. Los conflictos sociales y armados, cuando no guerras civiles (o guerras a secas, directamente), de los últimos años en Libia, Siria o Ucrania han traído de vuelta esta lógica binomial con sus campos heredados de la política de bloques tan propia de la Guerra Fría. Pero, si ya resultaba pernicioso y torcedero reducir la realidad a un interesado binomio de buenos-buenísimos contra malos-malísimos, a un tablero donde solo hay fichas blancas y negras, categorías cerradas y excluyentes que agotan cualquier tercera, cuarta o vigésimo-novena vía, lo es más aún si analizamos la segunda y tercera derivada de este esquema.

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Este régimen es un poema

Primero vinieron a por una vivienda digna,

pero no hice nada porque yo tengo varias casas y bien grandes.

Luego vinieron a por una ley electoral más justa,

pero no moví un dedo porque la que hay me beneficia.

Después vinieron pidiendo controlar las injerencias de las finanzas,

pero como a mí son los banqueros quienes me gobiernan, tampoco hice nada.

Al cabo de un tiempo vinieron a exigir un trabajo decente,

pero yo, como si oyese llover, que para algo tengo varios sueldos muy jugosos.

Más tarde vinieron a reivindicar servicios públicos de calidad,

pero les ignoré porque yo tengo seguro de salud y mis hijos van a la escuela privada.

Incluso vinieron pidiendo soberanía sobre sus cuerpos,

pero ni me inmuté porque para algo está la Iglesia y las clínicas en Londres.

Ahora vienen a por todo,

pero ya no queda nadie a quien engañar con migajas y falsas promesas.

Desconozco la autoría de este fotón. Si alguien la sabe, que hable ahora o calle con la Ley Mordaza

Desconozco la autoría de este fotón. Si alguien la sabe, que hable ahora o calle con la Ley Mordaza

Podemos rima con Sí se puede

¿Os acordáis de cuándo luchábamos por ganar nuevos derechos y no solo por no perder los que ya teníamos? Ya, yo casi que tampoco… Llevamos mucho tiempo repitiéndonos que estamos faltos de victorias. Esto solo es una verdad a medias. De lo que estamos faltos es de salir a ganar. El grueso de las luchas de los últimos años se han dado en clave de resistencia. No a la privatización de los servicios públicos. No a la reforma de la ley del aborto, de las administraciones locales, de esto o de lo otro. No a la corrupción, no a la represión… No a todo. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.

Cuando sales a empatar, lo más habitual es terminar perdiendo. Y, encima, al final te acabas cansando y dejas de jugar. No voy a caer en la ilusión liberal del “si quieres, puedes” ni a negar las dificultades estructurales de los tiempos modernos que nos ha tocado vivir, pero el victimismo endémico de una parte de la izquierda está en gran medida detrás de su declive y, por extensión, de la derrota que todas sufrimos. Frente al cuento chino de “la crisis es culpa nuestra porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, muchos han apostado por el relato de “la culpa es del sistema y nosotros simples víctimas”. Que si quieres arroz… No somos culpables, pero tampoco víctimas. Quien quiera agentes pasivos en lugar de actores empoderados, que juegue a los Sims.

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Podemos: cortafuegos, potencia y desafío

La diferencia entre el Frente Nacional y Podemos es el 15M. Y, por extensión, entre el ascenso de la barbarie xenófoba en casi toda Europa y la excepción parcial que afortunadamente tenemos por estos lares. “Parcial” porque el PP no tiene mucho que envidiarle al populismo xenófobo, machista, nacionalista y meapilas de la nueva derecha extrema ascendente europea. Pero excepción más que bienvenida, al fin y al cabo.

Descontada la abstención, el gran perdedor de la noche, el PSOE, ve cómo le chorrean los votos por su costado izquierdo: IU y Podemos suben tanto como caen los de Ferraz. En el resto de Europa este chorreo ha tomado sin embargo la otra ladera: la desafección por la socialdemocracia convertida al social-liberalismo es la levadura de los nuevos populismos de derechas y del abstencionismo creciente. Sin el cortafuegos de Podemos esto no hubiese pasado. Y sin el 15M, Podemos no hubiese pasado. Pero ya se sabe: “el 15M ha muerto y no sirvió para nada”. Zas en toda la boca con la mano abierta, por listos.

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La verdad no nos hará libres

“Ay, si la gente supiera todo lo que nos ocultan…”. Cierto, la mayoría no tenemos ni idea de los secretos de Estado y chanchullos empresariales que manejan los de arriba; nos perdemos con la teoría del valor de Marx y los detalles de la financiarización de la economía nos suenan a turco-polaco antiguo.

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

A nadie se le escapa, a estas alturas, que a las y los de abajo nos falta información que, en muchos casos, se nos oculta más que intencionadamente. Pero no es ese nuestro problema. Al menos no el principal aquí y ahora. Siempre habrá cosas que no sabremos, pero aquello que sí sabemos es más que suficiente para estar hasta el moño, para que nos queme el pecho por la indignación.

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Tomar (el) partido

[Lo que sigue es mi comentario/reacción, un tanto espontánea, a una tribuna firmada por Jaime Pastor y Miguel Urbán en el número 205 de Diagonal. Desde la coincidencia con sus planteamientos y sin mayor ánimo que el de complementar, comentar, sumar]

Somos muchas las que no sentimos especial aprecio por la política parlamentaria ni por los procesos electorales. Por lo general nos aburren someramente, de hecho. Pero, nos guste más o menos, en los parlamentos se deciden (cada vez menos, eso es cierto, pero esto también se puede combatir desde allí mismo) cuestiones que nos afectan cotidianamente. Por eso hay que estar también en los parlamentos. No solo ni principalmente, pero sí también. Porque podemos pretender pasar de las instituciones del poder establecido, del Parlamento y de los partidos políticos, pero ninguno de ellos van a pasar de nosotras.

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Siria y la izquierda campista

Vuelven a sonar tambores de guerra en el mundo árabe. Y vuelve también uno de los debates que ha martilleado en el seno de la izquierda durante los últimos años. Si entonces fue Saddam Hussein y luego Gadafi, esta vez vuelve a ocurrir con Al-Assad: ante la amenaza imperialista (sea estadounidense, otaniana o auspiciada por Naciones Unidas, cómo si hubiese legalidad que justificase semejante barbarie), solo cabe cerrar filas con el régimen agredido. Cualquier disidencia con respecto a este esquema se vuelve medias tintas, sospechosa de colaboracionismo con el agresor. La razón es bien sencilla: si no estás con Al-Assad, estás con Estados Unidos, y viceversa. Una manera de funcionar tan propia de la Guerra Fría, en la que solo cabían dos campos, en la que los cálculos eran todos binarios: conmigo o contra mí. Un esquema sencillo, claro, fácilmente comprensible. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos. Hasta un niño lo entiende. Las opciones no alineadas con ninguno de los dos bloques en disputa cuestionaban esta simpleza argumentativa y eran rápidamente puestas bajo el foco de la sospecha por uno y otro bando.

Lo mismo ocurre ahora: durante los bombardeos en Libia de hace dos años, quienes gritábamos “ni OTAN ni Gadafi” fuimos tachados de NiNis. Es de suponer que ahora, ante la enésima repetición de la historia en Siria, nos tocará ser NiNiNis cuando gritemos “ni OTAN, ni Al-Assad, ni salafistas”. Nos tacharán de no tener criterio, de indefinición, de hacerle el juego a Estados Unidos, a Israel, a Arabia Saudí, a Al-Qaeda o puede incluso que a todos a la vez (ya puestos…).

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La ceguera de los pasivistas políticos

Hacer política es relacionarse con el poder (poder como ente constituido o poder como potencia constituyente). Pasar del poder o de la política, como si no existiesen, también es mantener una relación con él; es hacer política. La desafección ante los asuntos políticos es una actitud política. La pasividad y el pasotismo son política. La política profesional o el activismo político no agotan las formas de participar y hacer política. Igual que existe una política no profesional, en minúsculas, existe el pasivismo político. Las y los pasivistas políticos creen que no están organizados. De hecho, alardean de su desorganización, de la carencia de banderas, de la renuncia a las soluciones colectivas, a los relatos de emancipación con vocación universal.

La Transición significó que los de siempre podían seguir "transitando" tan pichis

La Transición significó que los de siempre podían seguir “transitando” tan pichis

Pero hoy la ausencia de banderas es la más agitada de las banderas, al igual que la supuesta renuncia a una ideología concreta es la más extendida y consolidada de las ideologías. Y que conste que esto no va necesariamente de levantar banderas físicas, con su mástil y su tela, ni mucho menos de hacer lecturas escolásticas de ciertas ideas viejunas y recalcitrantes. Los monolitos valen como elementos contemplativos y añejos, punto. Pero de poco nos servirá el futuro si no buscamos trascenderlo desde abajo y en plural.

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