El meta-campismo y las lentejas

El regreso de la lógica campista entre buena parte de las gentes de izquierda parece ya un fenómeno consolidado, un trending topic en toda regla. Los conflictos sociales y armados, cuando no guerras civiles (o guerras a secas, directamente), de los últimos años en Libia, Siria o Ucrania han traído de vuelta esta lógica binomial con sus campos heredados de la política de bloques tan propia de la Guerra Fría. Pero, si ya resultaba pernicioso y torcedero reducir la realidad a un interesado binomio de buenos-buenísimos contra malos-malísimos, a un tablero donde solo hay fichas blancas y negras, categorías cerradas y excluyentes que agotan cualquier tercera, cuarta o vigésimo-novena vía, lo es más aún si analizamos la segunda y tercera derivada de este esquema.

Según se nos plantea, si no estamos con A o con B (los dos únicos bandos en los que se divide cualquier conflicto, véase la realidad en su conjunto), somos unos NiNis. Y punto: no hay otra opción. O asumes el primer binomio A-B y te encasillas voluntariamente con uno u otro campo, o te encasillamos por las malas en el segundo binomio: campismo o ninismo, he aquí la cuestión. Voilà el meta-campismo: el campismo del campismo. ¿Que no te gusta el campismo? Pues toma dos cucharadas. Y si te niegas a pasar por el aro judeo-cristiano de los buenos contra los malos, te encasquetan un aro más grande: o los buenos contra los malos, o a cargar todo el día con la etiqueta de NiNi. Aquí tampoco hay terceras vías alternativas.

El rizo de este esquema (porque me niego a llamarlo “lógica”) se riza hasta rayar lo esquizofrénico cuando llegamos al tercer nivel de razonamiento: no solo es que la realidad sea un binomio A-B (nivel 1), ni que, en caso de no asumir este primer binomio, quedes atrapado en el segundo binomio campismo-ninismo (nivel 2), sino que, encima, ser un NiNi implica en el fondo estar con uno de los dos campos iniciales (nivel 3). Y vuelta a empezar. Bienvenidos al tiovivo del razonamiento circular:

— Al caballero no le gusta el campismo. No se preocupe, tenemos este otro plato.

— Pero, oiga, que esto también es campismo pero con otro nombre.

— Ah, se siente.

Resumiendo: en el menú solo hay lentejas. Y ya sabéis lo que pasa con las lentejas.

Ahora bien, no nos hagamos trampas. Evidentemente, estamos de acuerdo en que, en la mayoría de los casos, no tomar partido en un conflicto suele implicar posicionarse con el status quo, con el más fuerte. No se puede ser neutral en un tren en movimiento, porque la complacencia es connivencia y el pasotismo complicidad con lo establecido. Pero aquí la trampa viene de fábrica: ¿quién ha dicho que el mundo (véase tal o cual conflicto) se reduce a dos opciones y que esas dos opciones tienen que ser ESAS DOS opciones? Hay pocos trucos más viejos (y totalitarios y falaces) que pretender sintetizar la realidad (compleja como es ella, la muy puñetera) en una ecuación de solo dos variables que, independientemente del valor que tomen, solo arroja los resultados que me interesan. ¿Dónde diantres pone que rechazar ese binomio falaz significa no tomar partido y hacerle el juego a uno u otro bando?

En Ucrania, no apoyar a la oligarquía pro-rusa (y al expansionista, autoritario y homófobo Putin) ni a la oligarquía pro-europea (con sus apoyos variados, desde los neoliberales que quieren un Acuerdo de Asociación con la UE hasta los neo-nazis), no significa ser un NiNi, ni mucho menos hacerle el juego a los adoradores de la pureza racial. Significa, simple y llanamente, no apoyar a ninguna oligarquía porque ni estos dos bandos agotan el universo de posibles ni ninguno de ellos defiende los intereses de las mayorías sociales. Criticar a uno no es ponerse automáticamente del lado del otro. Eso solo pasa en los esquemas llenos de resortes y trampas. Y lo mismo cabría decir, por enésima vez, respecto a Siria o Libia: criticar a Gadafi o a Al-Asad no implica defender a la OTAN, a Al-Qaeda o a los caballeros templarios, ni viceversa. Es ponerse del lado del pueblo, de su capacidad para auto-organizarse autónomamente y defender sus propios intereses. Y punto (aunque mucho me temo que tocará repetirlo otras tropocientas veces…).

Ni somos NiNis, ni somos posmodernos. Somos pueblo y, por eso mismo, sabemos que solo el pueblo cuida del pueblo, que solo el pueblo salva al pueblo, que la emancipación de las y los trabajadores solo será obra de las y los trabajadores. Sabemos, en definitiva, que si las y los de abajo no son los protagonistas de esos campos, la política de campos no es nuestra política. Porque el campismo es un campo de minas para el pensamiento crítico y para la emancipación de los de abajo.

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