Hay un hombre (político) en España que lo hace todo (mal)

Hace años que se ha hecho vox pópuli y trending topic permanente echarle la culpa de todo a los políticos. En manifestaciones, de cañas con los amigos o a través de las redes sociales se repite como un mantra aquello de “sobran políticos”, “todos son iguales” o “la culpa de la crisis es de los políticos”. Las encuestas (por favor, si me queréis, leerse la letra pequeña de los barómetros del CIS, que molan mucho más que las pamplinas sobre estimación de voto que llenan los periódicos) muestran una desafección creciente hacia la clase política y las instituciones de representación parlamentaria, en lo más alto del podio de “los principales problemas para los españoles”.

Todas hemos recibido algún correo, tuit o guasap en el que se nos revela que en España hay la friolera de 450.000 políticos que ganan, entre sueldo base y variables, unos 8.000 euracos al mes, sin incluir coches oficiales, viajes en primera y demás lujos terrenales. Y que, tanto en efectivos como en remuneración, estamos muy por encima de cualquier país de nuestro entorno. Así que, parece obvio, la solución a todos nuestros males es culpar a los políticos, reducir su número y acabar con sus privilegios.

Pues bien, más allá de que estas cifras sean más falsas que una moneda de euro con la cara de Popeye (como sistemáticamente se ha demostrado y algunos análisis recientes nos recuerdan, por ejemplo aquíaquí o aquí), esta arraigada creencia popular tiene, a mi juicio, tres peligrosas implicaciones:

1. Exonera de culpa a cualquier actor no “político” (político profesional, se entiende, porque a estas alturas supongo que todas tenemos asumido que llevados dentro un zoon politikon de serie), principalmente a banqueros, grandes empresarios, especuladores y demás especímenes puramente capitalistas, culpables en primera y última instancia de esta estafa.

2. Culpa por igual a todos los políticos profesionales, ya sean de un partido o de otro, ministros o concejales de un pequeño pueblo (sí, esos que no cobran por ocupar ese puesto pero a los que se mete en el saco inflado de los nosécuántosmil políticos que hay en España).

3. Cierra la puerta y siembra la duda por adelantado a cualquier político o formación explícitamente política (esto es, que aborde el ámbito electoral-institucional) que pudiese surgir en el futuro, por muy renovada y/o ilusionante que pudiese ser.

Y así nos encontramos con las y los de abajo aplaudiendo que se recorte el número de representantes parlamentarios y que dejen de cobrar por ello (como, por ejemplo, ya hizo Cospedal en Castilla-La Mancha y tantos otros amagan continuamente con hacer), mientras Botín, Amancio Ortega, los hombres de negro de la Troika y tantos otros personajes que se esconden tras la mano invisible de “los mercados” se van de rositas y siguen a lo suyo, o sea: a por lo nuestro. Porque, si los cargos políticos no están retribuidos, ¿quién podrá entonces permitirse el lujo de ser político? Los rentistas y sus mamporreros, evidentemente, y no quienes no podemos permitirnos pasarnos cuatro años (ni cuatro meses) sin cobrar porque vivimos de malvender nuestra fuerza de trabajo.

No sobran políticos. Todo lo contrario: faltan políticos. Hace falta que la gente corriente haga política, no solo en las plazas, en el tajo y en los desahucios, sino también en las instituciones y en las cámaras de representantes donde se toman decisiones que nos afectan a las mayorías sociales. Menos políticos (ergo escaños) en los parlamentos es más bipartidismo. Menos remuneración es más clientelismo. Claro que hay que acabar con los privilegios de los políticos, pero no con la retribución por ejercer la política. El problema es la política profesional, no que los políticos sean tratados como profesionales durante su mandato, que debe ser rotativo, revocable, bidireccional y sometido periódicamente al veredicto de quienes le han otorgado su apoyo. La política y la representación parlamentaria (en todos sus niveles) es un servicio público, por lo que debe dotarse de un presupuesto y mecanismos de control apropiados. Poner la democracia bajo control social democrático.

El grupo dominante de este régimen moribundo es la connivencia entre intereses de élites económicas y políticas. Si “casta política” se vuelve sinónimo de “los políticos”, habremos avanzado otro paso más en la berlusconización de los espíritus y alimentado el proyecto del populismo autoritario emergente, exonerando de responsabilidad a quienes se llenan los bolsillos con nuestro expolio sin necesidad de mancharse en el terreno institucional. La muerte de la política es la cuna de la barbarie. Y el sueño húmedo de los Masters of Puppets de esa barbarie no es otro que poder prescindir de las marionetas para ser masters a secas, sin mamporreros intermediarios ni simulaciones para-democráticas.

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