La ilusión va a cambiar de bando

Cerca de la casa donde pasé mi adolescencia en Jaén hay una pintada de un colectivo anarquista que dice “El miedo es lo que da alas al hombre libre”. Más allá del machirulismo verbal explícito, cada día que pasaba por delante de aquella cita me dejaba un creciente regusto amargo que con el tiempo fui traduciendo en palabras.

Porque no y no, el miedo no genera libertad alguna, sino todo lo contrario: es la semilla de la que brotan las formas más básicas de autoritarismo. Es el miedo a los demás lo que nos empuja a intercambiar libertad por seguridad en el mercado de abastos del contrato social. A mí pocas cosas me dan más miedo que el miedo que nos tenemos los unos a los otros. He ahí uno de los mecanismos motores de la sociofobia creciente, del sálvese quien pueda, de la ley de la selva que deshilacha tejido social, que disuelve comunidad, que privatiza nuestras vidas, que convierte lo común en individual y los organismos vivos en meros átomos.

El antídoto y la vacuna contra el miedo no es otro que su reverso: la ilusión. No basta con repetirnos una y otra vez que estamos faltos de victorias a las que agarrarnos, por pequeñas que estas puedan ser (cosa que, por cierto, está afortunadamente cambiando a salto de Gamonal, Marea Blanca y tantas otras). La clave no está tanto en ganar, como en salir a ganar. Abandonar el derrotismo estructural y salir a por todas. No queremos las migajas del pastel, ni la nostalgia de lo que ya no volverá. No queremos el 13% de los votos. Lo queremos todo y lo queremos ahora. Y para tenerlo, tenemos que salir a por ello. Y para eso, tenemos que creernos que es posible aspirar a todo.

Miguel Romero solía recordarnos que la adhesión o mera simpatía popular con los proyectos transformadores se alimenta de dos procesos, no siempre complementarios aunque deseablemente compatibles: las victorias conseguidas en el pasado y/o la posibilidad de ganar en el futuro inmediato. En estos tiempos de derrota, de derrumbe, de recomposición, de estafa y de proceso constituyente desde arriba; en este despertar de la larga noche neoliberal, poco tenemos de lo primero y mucho necesitamos de lo segundo.

Pero para eso tenemos que ganar antes una batalla cultural: romper el monolito thatcheriano del No hay alternativa. Si el neoliberalismo es la fase hegemonista del capitalismo, su principal victoria es haber convencido a amplias capas de la población de que el fin de la Historia era esto, que no hay más opción que la que ya tenemos, que posible y existente son sinónimos, que cualquier alternativa a este mundo que conocemos está avocada a la barbarie, a la pobreza, al fundamentalismo y a la guerra. O el capitalismo con su barbarie, o la barbarie a secas. Guatemala a regañadientes como única alternativa posible al Guatepeor que nos muestran a diario los medios de información. El mal menor como único horizonte porque, según nos repiten continuamente, más vale barbarie conocida que invasiones bárbaras por conocer.

No hay mayor crisis que nuestra incapacidad colectiva para imaginarnos futuros alternativos a la mera continuación (y profundización) de lo que ya conocemos y sufrimos a diario. Nos imaginamos antes una invasión alienígena o un meteorito estrellándose contra la Tierra que un horizonte alternativo creado por nosotras mismas. El fin de la vida humana parece una opción más realizable y cercana que el fin del Capitalismo. Ahí está gran parte de nuestra derrota y de la victoria de los de arriba.

Convencernos de que las cosas pueden hacerse de otra manera, y que podemos ser nosotros y nosotras los protagonistas de ese cambio, es la puerta que tenemos que abrir antes de tan siquiera discutir sobre a dónde vamos o cómo o con quién queremos hacer ese camino. La ilusión por que las cosas puedan ser mejor es el antídoto contra el miedo a que puedan ser aún peor. Y solo con ilusión no basta, claro. Pero sin ella no podemos ni empezar. Es condición necesaria, pero no suficiente, que diría aquel. Hablamos de ilusión ilusionante, no de ilusión ilusa. Hablamos de potencia, al fin y al cabo.

Todo esto para decir que la iniciativa Podemos está recibiendo muchas críticas, algunas de ellas razonables y compartidas. Pero que, sobre todo, está despertando ilusión en mucha gente. Ilusión por que las cosas puedan hacerse de otra manera, ilusión por ganar, por salir a ganar, por ir a por todo. Y eso vale más que cualquier programa electoral, escaño o bandera. Eso es, o al menos podría llegar a ser, el principio de todo lo demás.

 

PS: me he animado a darle forma a varias ideas que me rondaban la cabeza desde hace un tiempo tras leer esta entrada de César Rendueles, en la que dice algo muy parecido (aunque, claro, lo dice mejor) y con la que estoy muy de acuerdo.

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5 pensamientos en “La ilusión va a cambiar de bando

  1. La ilusión ya estaba cambiando de bando con cada desahucio paralizado o cada Gamonal, no necesitamos a Podemos. Es más, nos hace perder el tiempo y el norte. No necesitamos las instituciones, necesitamos seguir poniendo en práctica la acción directa y el apoyo mutuo.

    • Yo no sé aún si lo necesitamos pero, al menos, somos muchas quienes saludamos como interesante su llegada. Los de abajo no somos un sujeto homogéneo y único, sino plural y dinámico. Si algunos no lo necesitáis, ¿cómo va entonces a haceros perder el tiempo y el norte? Que cada cual decida por sí mismo qué es lo que necesita, qué herramientas le parecen más útiles para cada momento.
      Y dime, ¿por qué las instituciones y la acción directa / apoyo mutuo tienen que ser excluyentes? ¿Quién ha dicho que haya que elegir entre una y otra? Podemos no, al menos. Esas dicotomías son demasiado básicas. Los grandes cambios siempre vinieron de la articulación de lucha social y acción política. Salud!

    • Llego meses tarde a esta discusión, pero no me puedo callar: cuando trabajas 50 horas a la semana y tienes hijos pequeños y/o padres ancianos a los que cuidar la acción directa y el apoyo mutuo, que requieren tiempo, son lujos. La toma de las instituciones sirve, precisamente, para eso, para igualar el terreno, como mínimo para reducir las jornadas laborales, para dar tiempo a quien no lo tiene, y para hacer posible de verdad y para todos el apoyo mutuo y la acción directa. Estoy hasta el gorro del desprecio por lo institucional de los militantes profesionales, que parecen ser (o creerse) dueños de su tiempo y de sus vidas.

  2. Es evidente por qué la acción directa y el apoyo mutuo son incompatibles con las instituciones: porque éstas se basan en la delegación. Efectivamente, es una dicotomía tan básica que no sé cómo podemos seguir sin entenderla a estas alturas.

    A mí no me va a hacer perder el tiempo y el norte, pero a muchas personas sí, y eso es malo para todas. Y arriba se frotan las manos viendo que habíamos empezado a avanzar y ahora vamos a dejar el trabajo a medias para dedicarnos a ir por el mismo camino que nos ha llevado a donde estamos, el del electoralismo. Es lo que pasa cuando se pierde la memoria y no entendemos de dónde venimos.

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