#LeyAnti15M Nos criminalizan, luego cabalgamos

Hoy se han filtrado los primeros y escabrosos detalles de la futura Ley de Seguridad Ciudadana. Las barbaridades allí recogidas ya han sido objeto de numerosos análisis detallados en otros sitios más serios que este blog. Hay sin embargo un sentimiento colectivo que ha empezado a coger fuerza al poco de conocerse la noticia y que convendría comentar: si nos criminalizan es porque les importa lo que hacemos. Puede que este no sea el ansiado miedo cambiando de bando, pero sí un atisbo de preocupación, una brecha en la fortaleza de indiferencia que ha caracterizado a este Gobierno desde hace ya dos años (dos años ya… ¿Qué fue de aquel “Mariano el Breve“?).

Y es que las democracias liberales contemporáneas se han construido sobre diferentes prácticas y principios, muchos de ellos con forma (y fondo) de mito. Uno de ellos es la supuesta interlocución entre representantes electos y el pueblo representado durante el periodo que va de una elección a otra. Un diálogo más o menos fluido entre “la calle” y las instituciones que busca evitar una carta blanca durante cuatro años que cuestionaría el carácter democrático del régimen en cuestión y la adhesión popular a su pretendida legitimidad. Este diálogo puede y suele producirse a través de canales, instancias y formatos muy distintos (encuestas de opinión, manifestaciones, sindicatos, Iglesia, lobbies variados, partidos de la oposición que funcionan como correas de transmisión de otras voces, etc.) y depende de la sensibilidad y cintura política de la fuerza gobernante y de su cercanía ideológica con las demandas que llegan desde fuera.

Esto parece obvio, pero conviene recordarlo porque en los últimos dos años se ha hecho vox pópuli la máxima de que “el Gobierno de Rajoy no escucha a la calle”. Esto solo es cierto en parte. El Gobierno sí escucha a una parte de la calle: escucha a la Iglesia y agrupaciones ultra-católicas en sus demandas legislativas sobre el aborto; escucha a cámaras de comercio y empresarios sin escrúpulos que le solicitan que restrinja cualquier actividad no comercial en los espacios públicos; escucha, y mucho, a los herederos de aquel pasado tan presente para que llene con banderas rojigualdas todas las plazas y mantenga en el callejero vestigios nominales fascistas. A quien no escucha el Gobierno y su partido es a quienes pedimos justo lo contrario.

Pero hay formas veladas e implícitas de diálogo que muestran que el destinatario ha recibido el mensaje. Tomar medidas para intentar reducir el número e intensidad de las protestas es uno de estos indicadores indirectos. Cuando se pretende incidir en los centros de decisión, hay pocos sentimientos más frustrantes que la indiferencia permanente del destinatario, la sensación de inocuidad de nuestros gritos. Pero cuando las instituciones del orden establecido enseñan los dientes ante las expropiaciones de supermercados, los escraches, los stop-desahucios, las acampadas o las huelgas, sus movimientos defensivos dejan entrever preocupación al otro lado del muro. Seguramente no será miedo, estamos de acuerdo, pero sí al menos constancia, inquietud, atención. Un acuse de recibo.

Resguardémonos bien de enfoques miserabilista y naïfs, y preparémonos para una nueva vuelta de tuerca represiva. Pero no dejemos de interpretar este tipo de movimientos normativos como lo que podrían ser si nos movemos con astucia: una muestra de que vamos por el buen camino, de que luchar sirve y termina dejando huella. Los perros ladran y enseñan los dientes antes de morder, pero también porque tienen miedo. Intentan asustarnos porque se están empezando a asustar. Allá nosotras.

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