La verdad no nos hará libres

“Ay, si la gente supiera todo lo que nos ocultan…”. Cierto, la mayoría no tenemos ni idea de los secretos de Estado y chanchullos empresariales que manejan los de arriba; nos perdemos con la teoría del valor de Marx y los detalles de la financiarización de la economía nos suenan a turco-polaco antiguo.

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

Alguien tenía que decírselo al cara-careta este

A nadie se le escapa, a estas alturas, que a las y los de abajo nos falta información que, en muchos casos, se nos oculta más que intencionadamente. Pero no es ese nuestro problema. Al menos no el principal aquí y ahora. Siempre habrá cosas que no sabremos, pero aquello que sí sabemos es más que suficiente para estar hasta el moño, para que nos queme el pecho por la indignación.

Sabemos que nos están expoliando, que desahucian a nuestra vecina por no poder pagar el alquiler desde que la despidieron, que detienen a nuestros amigos por no tener papeles. Sabemos que con nuestros recortes se pagan rescates millonarios a la banca y sus banqueros que nos metieron en esta trampa. Sabemos que esto no es una crisis, sino una estafa, un robo a mano armada, las fallas de un mundo de cartón-piedra que se consume y nos arrastra al fango en su caída.

Así que el problema no es que nos falte información. Lo que nos falta es, simple y llanamente, organización e ilusión. Organización para canalizar esa rabia en lucha, para transformar esa indignación en proyectos antagonistas. Ilusión por los mundos nuevos que llevamos dentro, por la potencia que albergamos cuando nos juntamos, pensamos, luchamos y creamos. Ilusión ante la mera posibilidad de que las cosas puedan ser de otra manera. Ilusionarnos por nuestra capacidad de imaginar y construir horizontes distintos, futuros disyuntivos.

Agarrarse a la falta de información ajena para no actuar es una excusa cobarde para justificar la inacción propia, además de un deje neo-vanguardista tan propio de esa herencia recibida de la Ilustración. “La gente no se moviliza porque vive entre sombras. Ergo, hay que educarles para que salgan de la ignorancia y tomen las riendas de su futuro”. El cuadro es bien simple: ‘ellos’, los tontucios que viven en la caverna; ‘nosotros’, los iluminados que vamos a mostrarles el camino de la VERDAD (sí, así, insultantemente en mayúsculas). Voilà la historia interminable de los últimos nosécuántos miles de años.

Y en lo que respecta a la otra variable de esta ecuación dialéctica, los de arriba, no es que no sepan: es que no les importa. Y no les importa porque no tienen nada que perder prestando atención, dejando que les importe, haciendo algo por cambiarlo. Digámoslo claramente: no tienen miedo de que a nosotras sí que nos importe.

Conclusión: esto no va tanto de búsquedas de la verdad y de iluminar al pueblo llano, sino de organizar la rabia, defender la alegría de vivir en común y conseguir que el miedo cambie de bando. O sea, lo de siempre; lo de nunca. Ahí es ná.

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