Tomar (el) partido

[Lo que sigue es mi comentario/reacción, un tanto espontánea, a una tribuna firmada por Jaime Pastor y Miguel Urbán en el número 205 de Diagonal. Desde la coincidencia con sus planteamientos y sin mayor ánimo que el de complementar, comentar, sumar]

Somos muchas las que no sentimos especial aprecio por la política parlamentaria ni por los procesos electorales. Por lo general nos aburren someramente, de hecho. Pero, nos guste más o menos, en los parlamentos se deciden (cada vez menos, eso es cierto, pero esto también se puede combatir desde allí mismo) cuestiones que nos afectan cotidianamente. Por eso hay que estar también en los parlamentos. No solo ni principalmente, pero sí también. Porque podemos pretender pasar de las instituciones del poder establecido, del Parlamento y de los partidos políticos, pero ninguno de ellos van a pasar de nosotras.

Las leyes sobre vivienda, los desahucios o las decisiones de enviar a la policía a reprimir a quienes protestan para evitarlos (por poner solo unos ejemplos), surgen todas de los parlamentos (directa o indirectamente). Yo no quiero ser solo un lobby que presiona desde fuera a quienes deciden sobre todo lo anterior. Quiero aspirar a gobernar, a legislar, a buscarle las cosquillas desde dentro a las contradicciones del sistema, a los poderes soberanos secuestrados. O, al menos, a ser altavoz entre las instituciones y la calle, a manchar la pulcritud parlamentaria, a gritar desde dentro “No en nuestro nombre”.

No hacer nada de lo anterior por riesgo a “mancharnos” es, en el fondo, estar en esto (la militancia, el activismo social, llámalo X) más por purezas nihilistas y autorreferenciales que por voluntad de cambio mayor y universalizable. Y sí, ojalá fuesen hoy posibles otras vías de tomar el poder para subvertirlo distintas de las electorales (más allá de planos desiderativos, modelos teóricos y cómodas trincheras digitales, digo). Porque las manchas de aceite que se extienden terminan todas en el mismo dilema: antagonismo (doble poder) o marginalidad (autogestión microscópica).

Pero no ser solo lobby no significa dejar de serlo. Sin una movilización social fuerte y central no hay acción política viable, ni electoral ni de ningún otro tipo. Los efectos arrastre desde arriba solo funcionan en campos fértiles, no en desiertos sociales. Repensemos la forma partido sin tirar al niño con el agua sucia. Un partido al servicio y fruto del lobby, del movimiento, de la calle, de la lucha, no al revés. La mejor manera de evitar que el partido instrumentalice al movimiento es haciendo del partido un instrumento del movimiento, su herramienta electoral-parlamentaria, un medio para su fin. Y cambiémosle el nombre “partido” si tanta tirria nos da. No es una cuestión de etimología, sino de ideología, hegemonía y estrategia. Casi ná…

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