Combatir el fatalismo / Gestionar la esquizofrenia

Juan Manuel Sánchez Gordillo en Pegalajar, Jaén, entre bocadillos de lomo con pimientos y cervezas Alcázar, durante las marchas obreras de 2012 (Fotaco de Santi Donaire http://www.flickr.com/photos/santidonaire)

1. La crítica es el principio. Todo empieza con un grito. Hay una política hecha con la cabeza y otra hecha con el corazón. La indignación es previa: es política hecha con el estómago, desde las entrañas. Desde el ardor que nos provoca un mundo que no nos corresponde, que no tragamos, con el que no tragamos. Una indigestión que nos quema por dentro y nos sube por el pecho hasta salir por la boca en forma de grito para, una vez liberados, con el estómago vacío y el apetito bien lleno, comernos el mundo y la vida a dentelladas.

Pero la crítica es eso: el principio. En exceso, o sin combinar, no lleva a nada, se queda en poco. Y en estos tiempos ya andamos sobrados de demasiados “pocos”. Los mensajes catastrofistas pueden terminar provocando desafección, desesperanza, ansiedad ante la inmensidad de los problemas, ante la imposibilidad de afrontarlos. La crítica sin más desactiva. “Todo es demasiado complejo y complicado. No somos nada. No podemos hacer nada”. Abrumados por tanto mensaje negativo, terminamos volviendo a casa a refugiarnos, como el que desde el principio no quiso salir a escuchar esos mismos mensajes. Estéril resultado. Poco, tirando a nada.

¿Entonces qué? ¿Dejamos de criticar lo que está mal? Obviamente no y no. Pero sí y sí complementarlo con lo que podría estar mejor. Con alternativas reales y profanas para aquí y ahora. Resistir es crear, y viceversa. Pasar de la protesta a la propuesta, sin abandonar nunca la primera; más exactamente “desde” la primera. Recorrer el camino desde el diagnóstico hasta la receta. Proponer y construir alternativas. Programa de mínimos, de transición, plan de urgencia, de rescate ciudadano o como queramos llamarlo. La cuestión es evitar la agonía, combatir el fatalismo a toda costa. No paramos de repetirnos que estamos faltos de victorias, por pequeñas que fuesen, a las que poder agarrarnos. El Régimen lo sabe. Por eso no cede. Nuestra agonía es su victoria. No le demos esa ventaja. Yo milité varios años en un colectivo altermundialista que tenía por orgulloso eslogan “nuestras utopías en acción”. La política antagonista y transformadora es una hélice de acciones micro y macro. No dejemos de gritar que este mundo no nos corresponde, pero pongamos el acento en nuestra potencia, en el mundo nuevo que llevamos dentro. #SíSePuede es nuestra mejor carta. ¡Gritémoslo bien fuerte!

2. Vivir es exponerse. Esto vale para la vida y para la acción colectiva. Quien hace puede equivocarse. El problema es no reconocerlo cuando ocurre y no aprender de ello. Pero mucho más problemático es no hacer por miedo a errar, a contaminarse. La política profana, la que se hace desde los movimientos sociales y desde las organizaciones de base, es política con los pies en el suelo. En el suelo hay barro. Y el barro mancha. Hay quienes militan por cambiar el mundo de base y quienes lo hacen para buscar la pureza revolucionaria. Son caminos distintos que llevan a objetivos diferentes. Cuando tu meta es cambiar las cosas, te manchas si hace falta.

La pureza es impoluta y a la postre resultan igual de estériles todos los intentos militantes de preservar esa limpieza: encerrarse en salones de debate (y viceversa), parapetarse tras un teclado, evadirse en granjas autogestionadas lejos de la modernidad urbana. La desconexión no es una opción, básicamente porque no es universalizable. Sirve para uno mismo, para encontrar esa pureza. Pero esto está muy cerca del “sálvese quien pueda” tan propio de la berlusconización de los espíritus que intentamos combatir. Y es que la búsqueda desenfrenada de la congruencia absoluta puede llevar a la inacción. El miedo a mancharnos, a caer en contradicciones, nos invita a no poner los pies en terreno desconocido. El resultado termina siendo el mismo que el obtenido por abuso de fatalismo: la inacción, la desmovilización. Curiosa y triste paradoja.

Tejemos redes de economía social en un mercado salvaje capitalista dominado por un puñado de transnacionales. Levantamos alternativas de producción, comercio y consumo en un bosque de transgénicos, plásticos y gases de efecto invernadero. Construimos relatos antagonistas en plena maraña cultural hegemónica del 1%. El contraste provoca vértigo y puede llevarnos a veces a la desesperación. Pero en el fondo no es una mala señal.

Militar implica asumir de partida cierto grado de esquizofrenia. Es una patología inevitable, pero necesaria. Bienvenida y a no evitar por lo tanto. Por un lado está el mundo que tenemos y, por otro, el que queremos. Lo habitado y lo soñado. El muro y la brecha. Lo constituido y lo constituyente. Trabajamos desde el primero por y hacia el segundo. Abajo y a la izquierda, pero aquí, ahora y bien dentro. Con el barro hasta las rodillas. Renunciar a este carácter bipolar de la política profana es renunciar a alguno de sus polos: a la utopía constituyente o a la realidad constituida. Ambas son irrenunciables. La clave está entonces en aprender a gestionar esta esquizofrenia. Saber hasta dónde mancharnos, evitando el doble riesgo de buscar la pureza que nada cambia o de terminar fagocitados por las arenas movedizas que propone cambios para que no cambie nada.

¡Arriba bipolares de la tierra! ¡En pie esquizofrénica legión!

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