#14N Reforma o revolución… y el sexo de los ángeles

Suenan tambores de huelga. Y por fin parece que el ritmo se acompasa y desborda fronteras. Parte de quienes ayer gritaban (con razón) “¿qué hacen los sindicatos que no convocan una huelga general con la que está cayendo?”, hoy se desgañitan diciendo “yo con los sindicatos vendidos no hago huelga”. Me mareo pensando cuántos dedos de la mano daría por ver semejante nivel de autocrítica, dispersión y desunión entre las empresas del IBEX-35 a raíz de una propuesta de la patronal. A mí no me convocan CC.OO. y UGT, sino Rajoy y Rubalcaba, Botín y Rosell, Rato y Merkel, la Troika y sus políticas de austeridad, el Capitalismo y su guerra social contra el 99%.

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“Si lo aciertas te lo quedas” es el lema más repetido en la #AcampadaTrilera

Y con el olor a huelga vuelven también los eternos debates sobre su pertinencia. No me refiero, claro, a las patrañas sobre si resulta irresponsable o sobre si sirve para algo hacer huelga; ni a los mucho más interesantes y necesarios intentos de desbordar su (¿tradicional?) carácter meramente laboral, buscando formatos más amplios o complementarios (huelga ciudadana, social, de consumo, de cuidados) que contemplen fenómenos tan actuales y centrales en nuestras economías como la terciarización productiva, la deslocalización industrial, las elevadas tasas de precarización y paro, o la siempre olvidada dimensión reproductiva del trabajo que no toma la forma de empleo.

Hablo sin embargo del dichoso debate que suele instalarse sistemáticamente en el seno de buena parte de la izquierda las semanas previas a cada convocatoria de huelga general, y que puede resumirse en la siguiente pregunta: ¿es la huelga una acción revolucionaria o reformista? La supuesta importancia de la pregunta reside en que para ciertas personas su participación en una huelga depende de la respuesta que encuentren a este interrogante. Pues bien, esta disyuntiva es en realidad una pregunta falsa, pero que bien merece un par de reflexiones que van más allá del formato concreto de la huelga general.

En primer lugar, una acción colectiva (me atrevería a decir que cualquiera) no es en sí reformista o revolucionaria, sino que esta etiqueta dependerá principalmente de dos factores: (1) el marco más amplio (u horizonte) en el que se inserte y (2) el empoderamiento colectivo que pueda inferir a sus participantes. Las dos se refieren a la capacidad de arrastre, a las brechas laterales que pueda abrir, a los impactos indirectos y complementarios que pueda o que busque generar, ya sea en forma de nuevas acciones o de una mayor consciencia de nuestra capacidad para ser protagonistas del cambio social que queremos ver. Ambas hablan, al fin y al cabo, de potencia. Y, como buenas segundas derivadas, nos remiten a la pendiente, inclinación, máximos y mínimos posibles de la acción colectiva, más allá del punto concreto de la función en el que nos encontremos.

De esta forma, una huelga dirigida desde arriba, con estrechos y pasivos márgenes de participación popular y cuyo principal (¿único?) objetivo sea recuperar una posición de fuerza perdida que permita reimpulsar el tedioso marco de la concertación tripartita como único horizonte posible de “lucha” sindical, tendrá muchas papeletas de ser una acción meramente reformista (por no decir otra cosa…). Pero una huelga pensada como marco más amplio, como excusa, como brecha por la que colarse, desbordar y romper, que nos empodere a base de encontrarnos luchando en la calle, tomando nuestros barrios, generando espacios puntuales de poder popular, constituye una ventana de oportunidad cuya potencia podría haber sido clasificada de “revolucionaria” en un blog como éste que hubiese estado activo hace cuatro décadas.

Por cierto, lo mismo cabría decir de un referéndum o de la consigna “Gobierno dimisión. Elecciones anticipadas ya”. Al igual que en el caso de la huelga, en sí dice poco de su capacidad reformista o transformadora. Será lo primero si se formula con el único (pobre y corto) horizonte de reemplazar al equipo gobernante actual por el reverso social-liberal de la misma moneda, haciendo girar de nuevo la rueda de la alternancia que nos ha traído hasta aquí. Pero podría suponer el inicio de un proceso de empoderamiento colectivo mayor y trasgresor si el hecho de tumbar a un Gobierno con mayoría absoluta funciona para miles de personas como palanca de concienciación de nuestra capacidad de darle la vuelta al orden establecido cuando nos juntamos y golpeamos colectivamente, pudiendo darse el caso de que, una vez probada la miel del antagonismo en marcha, no queramos contentarnos con el gatopardismo lampedusiano.

La segunda reflexión se refiere a la calificación que suele hacerse de una huelga (o de cualquier otra acción colectiva) en términos de más o menos reformista o revolucionaria según quién esté detrás de la convocatoria. En esta ocasión lo que en el fondo subyace es una identificación automática de la acción según el actor que la impulse. Pero una cosa es quién convoca una huelga y otra quién la organiza. No tienen por qué coincidir, así como tampoco ninguno de éstos con quién capitaliza finalmente sus resultados. (Nota: esto vale para una huelga, las revoluciones árabes y prácticamente cualquier cosa que se nos ocurra).

Una convocatoria de huelga es el anuncio de la apertura de un marco de acción colectiva posible, que terminará dando un resultado u otro según quiénes participen de ella y cómo lo hagan. Se parecerá bastante a lo que habían planeado sus convocantes si éstos se mantienen como los únicos actores de la jugada, o al menos como los principales. No cabe esperar muchas sorpresas de qué terminaría dando la convocatoria del 14N si dejásemos que las cúpulas sindicales de UGT y CC.OO. fuesen quienes protagonicen la jornada en exclusiva. Y dejarles hacer simplemente para confirmar a la postre que han terminado haciendo lo que nosotros ya advertimos que harían, y que por lo tanto llevábamos razón absteniéndonos de participar, es un triste y estéril consuelo, por no decir suicida e irresponsable “con la que está cayendo”.

Si no hacemos nada, estaremos haciendo política prefigurativa: la realidad terminará siendo el escenario que habíamos previsto y denunciado que sería. ¿O acaso pensábamos que podría ser de otra manera? La izquierda reformista, moderada, no transformadora o como la queramos llamar no lo es solamente porque se ponga gustosamente esa etiqueta, sino sobre todo por las acciones que practica. ¡Cómo esperar entonces que, en un ataque de esquizofrenia, se lancen en solitario a una huelga revolucionaria (sea lo que sea eso)!

Toca pues desbordar la huelga por abajo a la izquierda. Nos toca a los movimientos sociales, a las y los indignados, a la calle, a las organizaciones y colectivos que nos reivindicamos de una izquierda transformadora y anticapitalista. Si no lo hacemos nosotras, nadie lo hará por nosotras. Que no nos quepa ninguna duda. La huelga del 99% la hace el 99% o no se hace. La huelga del 14N no es nada hoy. No es reformista ni revolucionaria. No es huelga siquiera. Podrá ser algo más que una jornada de presión al Gobierno para retomar la senda pactista tal y como buscan sus convocantes si la entendemos como el principio, como un marco en el que actuar, como una oportunidad por la que colarnos, desde la que desbordar.

Más allá del formato concreto de la huelga, la pertinencia y efectividad del repertorio de acciones colectivas posibles vendrán determinadas por la correlación de fuerzas existente en un momento dado y por su capacidad de alterarla. Debemos abordar pues esta cuestión desde un enfoque dialéctico, no desde una definición esencialista. Casi nada es algo en sí mismo. Una huelga no es en sí una cosa u otra, sino que dependerá de lo que hagan con ella quienes de ella se sirvan. Que cada cual saque sus conclusiones. La oferta no puede ser más tentadora.

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